En un pequeño rincón del jardín, entre las hojas de una planta carnívora y el susurro de las mariposas, vivía Antonia, la más curiosa de todas las hormigas. Desde pequeña, soñaba con descubrir lo que había más allá de su mundo terrestre. Sus ojos, siempre brillantes, se fijaban en las estrellas cuando el sol se despedía y el cielo se teñía de violeta.
Un día, mientras recogía una semilla, Antonia encontró un objeto extraño: un brillante polvo de meteorito que le concedió la capacidad de volar. No era un vuelo ordinario; con cada pequeño salto sobre el polvo, su cuerpo se dilataba y se convertía en una diminuta nave de cristal, capaz de cruzar los límites del suelo.
—¡Voy a ver lo que hay más allá! —exclamó con emoción mientras se elevaba.
El polvo la llevó a un vacío sin gravedad. Antonia flotó libremente entre las nubes de vapor de la lluvia y los destellos de una luna recién nacida, y pronto descubrió que el espacio era su nuevo hogar. No había límites; solo infinitas posibilidades.
Mientras navegaba, se maravilló ante la inmensidad del cosmos:
- Galaxias en espiral: se deslizó entre sus brazos como si fueran caminos de luz, observando estrellas naciendo y muriendo.
- Sistemas solares: se acercó a planetas de colores vibrantes, donde descubrió formas de vida que no había imaginado. Un planeta de cristal le mostró su propio reflejo en un espejo líquido.
- Agujeros negros: aunque temerosa al principio, la hormiguita vio cómo una esfera oscura devoraba la luz y aprendió a girar alrededor suyo sin ser arrastrada.